Nuestro artículo sobre los orígenes de Necochea dio lugar a comentarios que, en vez de discutir los documentos presentados, atribuyeron a la masonería prácticas satánicas o la responsabilidad por los problemas de la ciudad. Tales acusaciones exigen algo más que la voluntad de escribirlas.
La masonería es una escuela de filosofar. No propone un pensamiento único: procura que cada persona desarrolle su propio criterio y trabaje en su perfeccionamiento, para que ese esfuerzo se traduzca en una mejor manera de actuar en la sociedad.
Ese compromiso puede reconocerse en hechos concretos.
Durante la epidemia de fiebre amarilla de Buenos Aires, en 1871, José Roque Pérez, primer Gran Maestre de la masonería argentina, permaneció para socorrer a quienes no podían alejarse. Presidió la Comisión Popular de ayuda y murió de la misma enfermedad.
Guillermo Rawson, médico y masón, fundó junto con Toribio Ayerza la Cruz Roja Argentina.
Tomás Liberti impulsó con sus hijos y otros vecinos los Bomberos Voluntarios de La Boca.
El astrónomo Benjamín Gould dirigió el Observatorio Nacional Argentino, creado por iniciativa de Sarmiento, presidente de la Nación y posteriormente Gran Maestre. José Hernández y Enrique Ernesto Febbraro, impulsor del Día del Amigo, también pertenecieron a la institución.
Son algunos ejemplos; enumerarlos todos excedería este artículo.
En nuestra historia local, Ángel Ignacio Murga, Victorio de la Canal, Román de Lucía y otros vecinos participaron en la fundación de la ciudad, una obra colectiva que reunió a masones y personas ajenas a la institución.
También merece recordarse al doctor Emilio Ferreyra, miembro de la Logia Sol Argentino Nº 160 y primer director del Hospital Municipal que hoy lleva su nombre.
Reconocer estos aportes no significa atribuir a los masones todos los méritos. Significa conocer la historia con sus documentos y circunstancias. Si una afirmación es incorrecta, corresponde señalar el error y aportar elementos para corregirla.Todos ignoramos muchísimo más de lo que sabemos. La dificultad comienza cuando el desconocimiento se convierte en certeza y se utiliza para condenar.
A veces interpretamos cuanto leemos desde un prejuicio previo, sin detenernos a examinarlo. El sesgo de confirmación puede alcanzarnos a cualquiera.No toda crítica es una condena cerrada: hay preguntas que merecen respuestas y desacuerdos que enriquecen. Pero cuando una explicación se interpreta como encubrimiento y el silencio como admisión, cabe preguntarse qué permitiría revisar la acusación.
Podemos aclarar hechos y ofrecer documentos sin quedar obligados a una discusión interminable. Esas explicaciones también pueden servir a quienes leen en silencio y todavía no han formado una opinión.No hace falta coincidir para conversar. Pero antes de condenar a alguien por lo que creemos que es, convendría hacer el esfuerzo de conocerlo.
Por Jorge R. Constantino, Miembro de la masonería, iniciado el 13 de octubre de 1990.
Las opiniones expresadas en este artículo son personales.