Celebro que exista consenso sobre la necesidad de abordar el problema de la erosión de la ribera del río Quequén y comparto plenamente que cualquier obra de mitigación debe estar respaldada por estudios técnicos serios. Actuar sin ese conocimiento sería una imprudencia.
Sin embargo, la información difundida deja una preocupación que no se puede ignorar.
Si esta problemática viene siendo analizada desde hace años y hoy todavía es necesario gestionar los estudios que permitan definir las obras adecuadas, es evidente que el proceso ha avanzado mucho más lentamente que la propia erosión.
Mientras se completan los pasos administrativos, el río sigue haciendo su trabajo. Cada lluvia intensa y cada crecida continúan socavando las barrancas. En algunos sectores, la erosión ya ha alcanzado la calle y siguen desbarrancándose árboles. La naturaleza no se detiene mientras esperamos.
Por eso, el desafío ya no es discutir si los estudios son necesarios. Lo son, y resultan imprescindibles. El verdadero desafío es imprimirles la urgencia que la situación requiere, gestionar los recursos necesarios y establecer un cronograma claro para su realización.
Cada día que se demora el inicio de esos estudios es un día más en el que también se retrasa el comienzo de las futuras obras de mitigación.
Esperar también tiene consecuencias.
Sería deseable que este consenso político se traduzca ahora en un compromiso concreto: informar públicamente cuáles serán los próximos pasos, cuándo se realizará la gestión ante la Provincia, en qué plazos se prevé la realización de los estudios técnicos y cuáles serán las etapas posteriores. La comunidad también merece conocer periódicamente el estado de esas gestiones y los avances alcanzados, para que este proceso pueda ser seguido con transparencia y no vuelva a dilatarse en el tiempo.
La comunidad comprende que una obra de esta magnitud requiere tiempo, estudios y planificación. Lo que ya no resulta razonable es la incertidumbre.
Un cronograma claro no resolverá por sí solo la erosión, pero permitirá saber que el problema ha dejado de ser únicamente motivo de preocupación para convertirse, finalmente, en una prioridad de gestión.
Porque el río no entiende de competencias administrativas ni de tiempos burocráticos. La erosión continúa avanzando. Y el tiempo perdido difícilmente pueda recuperarse.
Jorge Constantino
Vecino del Paseo de la Ribera




