En los últimos tiempos, se ha visto una proliferación de discursos que, bajo la bandera de la solidaridad, la salud pública y la beneficencia, promueven la creación de “clubes de cultivo” y asociaciones cannábicas. El argumento inicial es siempre noble e incuestionable: facilitar el acceso al cannabis medicinal para pacientes crónicos y aliviar el dolor humano. Frente a una causa de tal sensibilidad, ¿Quién se atrevería a oponerse?
Sin embargo, cuando se analiza la retórica de estas iniciativas con un mínimo de rigor y pensamiento crítico, comienzan a emerger las contradicciones. Detrás del ropaje de la ciencia y el altruismo, suele subyacer un interés muy distinto: la normalización, promoción y militancia del consumo recreativo.
### La trampa del lenguaje políticamente correcto
Ciertos comunicados y manifiestos que circulan en el ámbito civil suelen ser el ejemplo manifiesto de este sutil deslizamiento discursivo. En este tipo de textos se suele comenzar blindando la propuesta con palabras “escudo”: acompañamiento, cultivo solidario, voluntarios, contención y evidencia científica. Se presenta el proyecto casi como una extensión del sistema de salud, amparado en los registros oficiales del REPROCANN.
Pero la consistencia conceptual dura poco. Sobre el final de estas proclamas, la agenda complementaria suele salir a la luz al admitirse, sin rodeos, que la misión de las entidades también incluye promover el *”uso adulto responsable”*.
Es aquí donde el ciudadano de a pie debe activar su alarma crítica. El uso “adulto” no es otra cosa que el eufemismo moderno para referirse al consumo recreativo o por ocio. Utilizar el dolor de un paciente con epilepsia refractaria o cáncer como punta de lanza para legitimar el derecho al consumo recreativo plantea, por lo menos, un dilema ético preocupante. Si lo que se busca es debatir la legalización de la marihuana para uso recreativo, el debate debería darse de cara a la sociedad, de forma directa, y no camuflado detrás de las recetas médicas.
### El falso dilema de los “prejuicios”
Como es habitual en estos movimientos, el discurso tiende a clausurar la disidencia catalogando a quienes dudan de tener “prejuicios” o de estar desinformados. Es la estrategia de la cancelación: si se cuestiona, se corre el riesgo de ser etiquetado como un conservador del pasado.
Pero plantear dudas no es tener prejuicios; es ejercer la libertad de pensamiento. La sociedad tiene el derecho legítimo de preguntarse cuáles son los límites de estas regulaciones y qué impacto real tienen en el tejido social. La ciencia ya ha hecho su trabajo delimitando qué componentes del cannabis tienen valor terapéutico y cuáles no. La confusión conceptual entre la medicina y el ocio es un sutil desvío que no se puede dejar pasar.
La solidaridad real no necesita de agendas secundarias ni de analogías discursivas. Cuando la salud se utiliza como un biombo para normalizar el consumo, la verdad y el pensamiento crítico son las primeras víctimas.
Por Jorge Constantino





